Con su palabra y con su ejemplo edificaba espíritus. Atrajo en aquella evangelización a no pocos reacios a la fe, con una afabilidad dulcemente cautivadora. Ricos y pobres, de todas edades, hallaron en él acogimiento cordialísimo.
No hubo categorías sociales para aquel corazón siempre abierto a todas las expresiones afectuosas y alentadoras. A ese desbordamiento de manifestaciones benévolas se unía un vigoroso impulso de actividad que le permitía, sin cansancio, consagrarse a múltiples obras, todas ellas fecundas, para la piadosa devoción de su ministerio.
Impropias de la cristiana resignación serán estas voces, emanadas del dolor que invade y conturba los ánimos. Pero aún vigorizada por la fe, el alma se llena de angustias delante de quien pudo, por el esplendor de sus años, seguir recorriendo la vía de la peregrinación sobre la tierra para darnos el goce de aquellas ternuras que tan hondamente labraron en nuestro corazón.
C. JUNCO DE LA VEGA.
Hay un gran sollozo en Monterrey.
¡Ha muerto el Padre Jardón!
Pocas gentes tan populares y queridas. ¿Quién no se sentía atraído por su cariñosa jovialidad, por su benevolencia infatigable, por su espíritu de humildad y de servicio?
Todo Monterrey desfiló ante su féretro. Todo Monterrey le acompañó a la tumba, en una insólita manifestación de duelo que era como un enorme plebiscito.
¿Quién iba a creer que esa noble vida, en la robusta plenitud de los 45 años, se tronchara de pronto? Apenas una rapidísima enfermedad y el día de Reyes presentó el padre Jardón su ofrenda total a Jesús.
Dos valientes muchachos hablaron en el panteón. Fueron las válvulas de escape de aquella ardiente caldera. Lágrimas, sollozos, protesta emocionada del núcleo juvenil forjado por el padre Jardón de seguir sus normas de rectitud y de alteza.
Había que ver esas gentes en que se mezclaban y confundían la pobre sirvienta y la encopetada señora, el obrero y el industrial, el mendigo y el banquero, los jóvenes y los ancianos. Una santa fraternidad unió a todos en la común veneración del hombre bueno.
Y ¿a quién no conquistaba la irradiante dulzura del padre Jardón? El fue el eje y el imán de innumerables gentes de toda jerarquía y condición.
Fue ensalzado en vida por la veneración y el amor de todos, que hizo explosión en el doliente plebiscito final.
ALFONSO JUNCO.




La gente esperando al Padre Jardón
El feretro saliendo de la Catedral