La Causa de Beatificación

¿POR QUÉ SE INICIÓ LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN ?

 

En el año de 1987, cuando el padre Alfredo Vizozo MSPS visitó la ciudad de Monterrey invitado por el Emmo. Sr. Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey, para orientar los trabajos de introducción de las causas del Padre Juan José Hinojosa y Mons. Guillermo Trischler, preguntó a quién se dedicaba el monumento del jardín de la catedral y por qué motivo estaba allí.

 

El Padre Carlos Alvarez contestó esas preguntas, destacando que a pesar de que el Padre Raymundo Jardón Herrera había muerto desde el año de 1934, era un sacerdote venerado por el pueblo y en su tumba no han faltado desde entonces flores frescas y luces permanentes que almas agradecidas depositan por los favores que Dios concede por su intercesión.

 

Al nombrarse las comisiones para las postulaciones de las causas se pidió al Padre Alvarez encargarse de la del Padre Jardón.

 

El 15 de Agosto de 1987 el Excmo. Sr. don Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey, expide un edicto para constituir el Tribunal de la Causa de Canonización del padre Jardón:

 

Actor: Grupo de Amigos del padre Jardón
Postulador: Pbro. Carlos Alvarez Ortiz
Vice -Postulador: Sr. Lorenzo Morales Flores
Juez Instructor: Pbro. Ramón Calderón Batres

 

El 25 de Marzo de 1988 el padre Calderón Batres es nombrado Obispo de Linares, quedando vacante su puesto de Juez Instructor.

 

El 8 de Febrero de 1991 el Excmo. Sr. don Adolfo Suárez Rivera, cita a una reunión para dejar introducida la causa y otorgar el nombramiento a los miembros del Tribunal Eclesiástico que recibiría los testimonios de personas que habiendo conocido al padre Raymundo, dieran fe de su fama de santidad y de las virtudes que durante su vida practicó en grado heróico el padre Jardón.

 

El Tribunal Eclesiástico quedó formado por:

 

Sr. Pbro. Lic. Hernán G. Zambrano Margáin Juez Instructor
Sr. Pbro. Lic. Jesús Alanís Sepúlveda Promotor de Justicia
Sr. Pbro. Lic. Tiburcio Pérez Ruvalcaba Notario Actuario
Srita. Gabriela Esquivel Junco Notario Actuario Adjunto

 

Desde Roma, la congregación para las causas de Beatificaciones y Canonizaciones envió al Excmo. Sr. don Adolfo Suárez Rivera, comunicación fechada el 27 de Febrero de 1991 en la que autoriza la introducción de la Causa del Siervo de Dios, Raymundo Jardón Herrera, Presbítero Diocesano, muerto en olor de santidad el 6 de Enero de 1934.

 

En Mayo de 1991 se iniciaron los interrogatorios a 24 testigos citados previamente para acudir ante el Tribunal, y el 6 de Noviembre de 1994, tuvo lugar la clausura del Proceso Diocesano en solemne ceremonia que se efectuó en la Santa Iglesia Catedral, presidida por el Excmo. Sr. don Alfonso Hinojosa Berrones, Obispo Auxiliar de Monterrey.

A Monseñor Oscar Sánchez Barba, nombrado postulador de la causa en Roma, se le entregó la documentación que llevó a aquella ciudad para su estudio y aprobación.

 

En cuanto la Congregación de la Causa de los Santos apruebe esa documentación, el Siervo de Dios, Raymundo Jardón Herrera pasará a ser Venerable. Después, mediante un milagro de primer grado que Dios conceda por su intercesión, que podría ser una curación completa, inmediata y permanente, certificada médicamente como tal, el padre Jardón sería beatificado. Por eso es necesario que al notificarnos algún favor que llene estos requisitos, nos entreguen también los papeles médicos que comprueben el caso.

 

Todos esperamos que pronto la Iglesia le conceda el honor de los altares al Padre Raymundo Jardón.

 

 

Actualmente el Vice-Postulador de la causa es el Sr. Pbro. Santiago Gutiérrez Sáenz.

 

LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN
Para iniciar la causa de beatificación del sacerdote Raymundo Jardón, la base fue precisamente la fama de santidad que el mismo pueblo cristiano empezó a proclamar incontenible desde el momento mismo de sus funerales, si bien en vida Dios le concedió al Siervo de Dios algunas manifestaciones extraordinarias en relación con diversos actos que realizaba siempre inspirados por la caridad.

El perfil sacerdotal del Padre Jardón correspondía justamente a estos señalamientos conciliares. El postulador de su causa, Pbro. Carlos Alvarez, en la conmemoración del Centenario del nacimiento del Padre Jardón, apuntó ". . . se presentó al Señor con sus manos ungidas llenas de los dones más preciosos: oro, incienso y mirra, como en la primera Epifanía. Su corazón había sido un volcán de amor al Señor y a sus semejantes, particularmente los pobres. . . Sus labios habían sido manantiales de sabiduría y de paz, que habían cantado fervorosamente las alabanzas de Dios y habían elevado las almas a Dios como el más rico incienso. Su vida ejemplar rendía la jornada santamente, había sentido el sello del dolor y de la Cruz... Siendo según el mundo, pobre, ignorante y pequeño, tuvo una influencia relevante en nuestra comunidad. Monterrey recibió su ejemplo, una vida llena de caridad, humildad y espíritu de servicio para bien de su Santa Iglesia".

La heroicidad de la fe y del amor a Cristo es más obvia en los mártires; después de unas horas o unos días de angustia y torturas entregan su vida, el mayor bien que tienen, por causa del Evangelio. Su amor a Cristo no puede ser más patente ni más fuerte, "nadie tiene mayor amor que quién da la vida por sus amigos" (Jn. 15,13), Pero hay otros héroes de la santidad no menos generosos. Son los que cumplen fiel y calladamente una promesa, movidos también por un grande amor a Cristo, un amor siempre vivo y creciente. Este fue el camino por el que optó el Padre Jardón en su seguimiento de Cristo. Su vida, cada día, fue una patente prueba de la aceptación plena de la voluntad del Señor, muy especialmente cuando se trataba del bien de las almas y de los pobres y pequeños que sufrían en sus cuerpos enfermos y marginados.

La fama de santidad del Padre Jardón nos lleva a meditar en ese "milagro" cotidiano de las flores frescas en su tumba, en el Panteón del Carmen. A setenta y ocho años de su muerte, son ya pocos los testigos vivos que recibieron el flujo bienhechor de su sacerdocio. La mayoría de los que ahora visitan su tumba son miembros de familias que de alguna manera recibieron la tradición de un sacerdote santo que aún los acompaña desde el cielo en su caminar de vida cristiana. El mismo Padre Alvarez, en la homilía de una de las misas del Primer Domingo en Catedral, en las que se pide especialmente por la causa de beatificación del siervo de Dios, decía: " . . . el pueblo tiene un singular instinto para descubrir la huella de Dios, son los ramos sencillos de flores que cada día llegan a la humilde tumba del Padre Jardón. Voz del pueblo son también las luces permanentes que almas agradecidas encienden en el pobre sepulcro. La voz del pueblo fue el homenaje emocionado de Monterrey en la conmemoración de su Centenario, que llenó la Catedral como si el Padre Jardón estuviera convocando a una de sus Horas Santas. Voz del pueblo es el río de gente que desfila frente a su tumba y lo proclama santo del pueblo. Y la voz, del pueblo es la voz de Dios".